Puntos de vista

Tal como éramos / Tal como somos

2004-2014. Fragmentos de una década fragmentada

Cuando el primer número de la revista +Galicia empezó a leerse por tiendas, trenes, oficinas y cafeterías, en ellas todavía se podía fumar y no existía Twitter para decirle al dueño del Bar Suiza: ‘@barsuiza menos #maloshumos’. En 2004 The Facebook era un proyecto de universidad en una habitación de Harvard y la Real Academia de la Lengua Española peleaba para que a los blogs se les llamase bitácoras. Michael Jackson (atención spoilers) aun estaba vivo y Rodrigo Rato era nombrado Director Gerente del Fondo Monetario Internacional. El iPhone era una idea loca en la mente de un hombre visionario. Internet se miraba en el trabajo cuando el jefe no miraba. No habia 3G y nadie le robaba el wi-fi a nadie. Los teléfonos Nokia que usábamos no es que fueran tontos, pero no eran tan inteligentes como ahora, capaces de interactuar con esas pequeñas piezas de software –las apps– que han cambiado la manera en la que compramos, jugamos, ligamos y charl/chateamos. Hemos visto crecer a la primera generación de nativos digitales. Hemos visto en acción a los Thomas Edison y Henry Ford de nuestra época, personajes con la imaginación y el liderazgo necesario para inventar industrias y revolucionar sectores: Steve Jobs, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Elon Musk, Brin y Page. Se acabaron las corporaciones sin cara de los 90. El líder carismático y fascinante vuelve a ser noticia. Vestido, eso sí, con una sudadera de capucha.

La revolución que hemos vivido estos diez años solo es comparable a la invención de la imprenta de tipos móviles de Gutenberg. Pero mientras la imprenta tardó 60 años en conquistar Europa (y casi 400 en llegar a Hawaii), Internet ha pasado de 1,000 a 3,000 millones de usuarios en diez años.

El 12 de febrero de 2004 (dos días antes de San Valentín!), Mattel anunció la ruptura sentimental de Barbie y Ken después de 43 años de relaciones. Lo más probable es que encontraran online a sus nuevas parejas (o a sus nuevos affaires). Un tercio de los matrimonios en los Estados Unidos empiezan ya en Internet (y las parejas son más felices y menos dadas a separarse). Ha sido la decada de badoo, de tindr, del sexting y de las fotos guarras. En el 2004 jugabamos a los SIMS y vivíamos otras vidas en Second life. Ahora la simulación social la hacemos en Instagram. Han sido los años del selfie. Años y años de filtradas fotos de cupcakes sobre mesas de brunch.

En Mayo de 2004, 66 millones de personas vieron Estados Unidos el último episodio de Friends. Aceptando el hecho de que en la comedia se había tocado techo, los canales de televisión se pasaron al drama. Y ha sido una época gloriosa para la historia de la tele. El estreno de LOST en Septiembre de 2004 inauguró un tiempo de series increíbles a las que por primera vez teníamos acceso directo via torrent. Empezaron las descargas de temporadas completas, el visionado de series en serie, el enganche total.

Han sido los años de Breaking Bad, Mad Men, Band Of Brothers, Juego de Tronos, Boardwalk Empire. De Donald Draper. De Walter White. Personajes inolvidables y fascinantes, explorados con la minuciosidad que permite el formato seriado. Dejamos de ver lo que ponían en la tele y tomamos el control. Y aprendimos a hablar inglés oyendo hablar por telefono a Jesse Pinkman.

El cine ha dejado de tratar temas serios (ahora en las series) y ha dejado de hacer películas para adultos. Anda enredado en estúpidas películas de Superheroes y ocupado en alargar innecesariamente franquicias completamente agotadas. Han sido diez años de Hobbits y Señores de los Anillos. Sus batallas campales, sus actores con prótesis y sus personajes con nombres de pila más bien Chiquito que Tolkien (Aragorn, Grimbold, Fredegar, etc).

En 2004 Alejandro Sanz le cedió a David Bisbal el testigo al frente de la música popular española. Y hemos tenido diez años de bulería y autarquía: pop de ascendencia latina y toque flamenquito para consumo interno. Una fórmula cansina, carca y cañí que tiene a España aislada del mainstream mundial y hace in so por ta ble la radio comercial.

Ha sido la década del featuring, unos artistas ayudando a otros. El poder de Pharrell Williams sobre la industria musical es casi hasta peligroso. YouTube se ha convertido en la forma más habitual de consumir música (casi 20 millones de personas vieron el video de ‘Anaconda’ de Nicky Minaj en su primer dia). Spotify mató a los snobs de ‘tengo 3,000 discos en mi colección’. Hace diez años de ‘Funeral’ de Arcade Fire y ‘The College Dropout’ de Kanye West. Esta ha sido la década de ambos y de su música genuinamente contemporánea, música que puede mirar a los ojos a la historia de la música.

Mientras una generación de chicas autogestionadas (Grimes, Lorde, Poliça, FKA Twigs) hace fantástica música moderna, una pandilla de cantantes grimosos y grasientos (Pitbull, Jason Derulo, Robin Thicke) nos atormenta con sus misoginias y lascivias varias. Algunas cosas no cambian. Os escandalizábais con t.A.T.u. y os escandalizáis con Miley Cyrus. Fito sigue soltando clichés con voz doblada. Y Malú lleva nueve discos. Malú. Lleva. Nueve. Discos. La EDM, predecible y machacona, le ha quitado todo el peligro a la electrónica. David Guetta y Calvin Harris llevan 5 años haciendo esencialmente la MISMA canción una y otra vez.

Se han acabado los discos de Platino. En 2014 sólo Taylor Swift vendió más de 1 millón de copias en Estados Unidos (lo que ‘Thriller’ lo vendía en UNA SEMANA). Hay público para casi todo y los géneros co-existen y co-lisionan. Todo el mundo sabe de música y Tame Impala suena para cerrar el Carrusel Deportivo de la SER. No hagais caso a los nostálgicos ya su ‘Síndrome de la edad de oro’. Vivís en la mejor época musical posible.

En la moda han sido años de uniformidad y austeridad, el clásico regreso a los clásicos que suele ocurrir en tiempos de crisis. El vaquero ha aguantando el tipo y las All Star siguen teniendo máxima vigencia. North Face ha sido el uniforme gris oscuro de una época claroscura. Ha sido la década de Primark y de la fast-fashion. Ropa de poner y tirar vendida a precios ridículos y fabricada en condiciones infrahumanas. A la combinación de ropa barata y ropa de lujo se la llamó ‘ir de Primani’ (Primark + Armani). Las tendencias conviven en una sopa de estilismos imposible de catalogar, un caos post-moderno y clochardista de abrigos vintage, jerseys de Tato, playeros Nike de correr, maxifaldas cortinón y camisetas de algodón translúcido. Karl Lagerfeld sigue sin cambiarse de ropa. Los hombres re-descubrieron el poder del traje como uniforme de la masculinidad y del pañuelo en el bolsillo como símbolo de la elegancia. Y todo el mundo se ha dejado barba.

En el diseño y la arquitectura han sido años de una nueva sencillez. IKEA, Apple y otros abanderados de la simplicidad han expandido y difundido el lenguaje del modernismo. En épocas de confusión, prescindir de lo superficial y lo superfluo. Ha habido una búsqueda general de autenticidad. Productos orgánicos. Materiales naturales. Se ha abierto el debate del retoque fotográfico y la campaña de Dove por la Belleza Real que empezó hace diez años sigue apostando por la honestidad a la hora de representar el cuerpo en los medios.

Han sido años de pérdida de la ilusión. Y de la inocencia. Y ya nada sera igual nunca. Nos hemos hecho cínicos y desconfiados. De protestar por los engaños del 11-M en 2004 hemos pasado a indignarnos por los escándalos de 2014. La ‘cuestión nacional’ sigue sin solucionarse. Era el plan Ibarretxe en 2004 y es el referéndum catalán en 2014. Escocia quiere irse del Reino Unido, Cataluña de España, y el Estado Nación se revela obsoleto para gestionar la realidad. Hemos revisitado la transición, desenterrado las fosas comunes y descubierto la chapuza de constitución que tenemos. Éramos bipartidistas pero nos hemos fragmentado. Nuevas fuerzas políticas sueñan con hacer alcanzable lo impensable, unas elecciones municipales y generales donde el PSOE o el PP no sean la fuerza más votada.

El siglo XXI empezó el 11 de septiembre del 2001, y vivimos en el mundo que nos han dejado las guerras ilegales e inmorales con las que respondimos al ataque del fundamentalismo. Los polvos de la Guerra de Irak trajeron los lodos del Estado Islámico. En 2004 deplorábamos las torturas y los abusos a los prisioneros de Abu Ghraib y en 2014 nos estremecemos con los secuestros y las decapitaciones de los yihadistas del Estado Islámico. No hubo Alianza de Civilizaciones.

Europa ha perdido el optimismo. Cinco años de crisis se han cargado el sueño europeo. La europa de los 25 creada en 2004 ha acabado por ser un gran mercado común al servicio del capital trasnacional, gestionada por tecnócratas de Goldman Sachs, el mismo banco que ayudó al sur de europa a ocultar sus deudas soberanas. En diez años Grecia ha pasado de organizar los Juegos Olímpicos del 2004 a la bancarrota, el austericidio y la esclavitud financiera. Alemania ha conseguido conquistar Europa a base de deuda. Con troikas en vez de tanques.

Hay historias positivas. El Carnet por puntos, la educación y los alcoholímetros han llevado las muertes por accidentes de tráfico a un mínimo histórico tras diez años de descensos. Hemos vivido el cese definitivo del terrorismo de ETA. Seguimos mirando a las estrellas. En 2004 encontrábamos indicios de agua helada en los polos de Marte y en 2014 hemos aterrizado una sonda espacial en un cometa en marcha. Seguimos intentando vivir más y mejor. Hace diez años científicos coreanos anunciaban por primera vez la obtención de células madre a partir de embriones humanos clonados. Son la mejor esperanza para el tratamiento de patologías degenerativas como la diabetes, el Parkinson y el Alzheimer.

La fuente de felicidad más constante en medio del drama ha sido el deporte. Que nos quiten lo bailado, lo jugado y lo ganado. Mundiales de fútbol y baloncesto. Eurocopas y Eurobaskets. El Deportivo de La Coruña llegando a las semifinales de la Champions League. Y la oportunidad de ver en directo al mejor deportista español de todos los tiempos: Rafael Nadal.

El Príncipe de Asturias que se casó con una de Asturias en el 2004 es ahora el Rey de España, y le ha devuelto a la corona el saber estar, después de años de caída libre por culpa de yernos ambiciosos, infantas en la inopia y cacerías de elefantes. Veremos si Letizia puede darle la vuelta a la institución como le dio la vuelta a su tabique nasal con la septorrinoplastia.

Hace diez años, el gobierno del 2004 cambió el código civil para permitir casarse y adoptar a parejas del mismo sexo. La iglesia católica y los foros de la familia aún no se han repuesto del shock. Hemos tenido gobiernos paritarios (¿alguien se acuerda de las ministras posando en las puertas de la moncloa para Vogue?) y hemos tenido y tenemos poderosas vicepresidentas, pero la igualdad de sexos es una ciencia ficción. Sigue habiendo un abismo salarial entre hombres y mujeres y la violencia de género no parece tener solución.

Acaban diez años de fragmentación, de tirayaflojas. Han sido diez años de tensiones entre el reformismo y la reacción, entre el avance y la regresión. Asustados por un mundo en permanente cambio, perplejos y confundidos, muchos han preferido refugiarse en valores tradicionales y fundamentalismos varios. Desde el Tea Party americano a los yihadistas suníes. Mientras, la otra mitad del mundo quiere tirar para delante. Ese parece haber sido el signo de la década fragmentada. Progreso. Reacción. Progreso. Reaccion. Un pasito palante, dos pasitos patrás. María.

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